Viajes

Wellington, la New York de Oceanía (Parte II)

Por Ayelen Barrale

Corriendo mis cabellos, intento contemplar esta ciudad en detalle. No quiero que nada se me olvide, su orden, su geografía, su gente, sus calles e, incluso, su aroma.

El viento batalla contra mi, pero salgo ganando. Desde las alturas, con un jardín botánico tupido y verdoso a mis espaldas, me despido de Wellington.

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Siete horas atrás comenzaba mi último día en la ciudad del viento. Entre mapas e itinerarios, las agujas del reloj me apuraban acortando mis oportunidades para terminar de descifrar a la capital neozelandeza. Con un café de por medio, me organizo y voy al encuentro de aquellas atracciones que todo turista quiere y, debe, conocer.

El sistema de transporte en Wellington es una maravilla. Con pocos dólares podés recorrer la ciudad en su totalidad y confiar en sus tiempos. Esta era mi buena noticia del día, saber que contaba con este sistema para llegar a las entrañas de “vientolandia” sin apuros, sin aprietos.

Localizé mi ubicación en mi smartphone y salí en busca de la línea para Miramar. Mis intenciones desde que llegue a estas tierras fueron muy claras, explorar cada rincón donde la magia del cine eligió a Nueva Zelanda como escenario creativo y figurativo. Esta ciudad no me decepcionaba al respecto, WETA CAVE es la cuna de la imaginación para el séptimo arte en Oceanía y a sus talleres me dirigí.

Dentro de este workshop, me topé con diferentes galaxias y realidades donde los límites y leyes no existen. Por sus muros admiré las obras realizadas para crear la tierra media que Tolkien alguna vez soñó, como así también las lógicas futuristas de Spilberg donde aliens conviven con humanos en eras lejanas.

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Tanto el tecnicismo como la magia encuentran un hueco perfecto en esta cueva. Y por tres horas me deje llevar. Jugué, aprendí y descubrí más sobre este arte y su versatilidad que hoy, gracias a la tecnología, llega a ser casi ilimitada.

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Volví a la telaraña de edificios altos y calles que imitan las siluetas de un subibaja. A pesar de pasar la mañana entera por las afueras de la ciudad, necesitaba aire. Pero Wellington lo tiene todo, incluso ese enorme pulmón verde en medio de la urbe que tanto estaba buscando.

Era el momento de dedicar mi día al Monte Victoria. Mirador por excelencia, pero también complice de los rodajes de “la comunidad del anillo” allá por 1998.

Su altura y sinuosidad me tomo por sorpresa. Un par de jeans no fueron la decisión más acertada pero igual puse el pecho a las balas y camine cuesta arriba. La recompensa después de tanta incomodidad y calor no tardó en llegar. En un click, dejé atrás árboles añejos y el viento chocó sobre mi cara como una ráfaga intensa proveniente del mar, que llegaba a un destino inesperado. Entre abro mis ojos y tenía a Wellington a mis pies. A mi izquierda la ciudad crecía en edificios y avenidas. A mi derecha aviones seguían su rutina elevándose por los aires, mientras otros descendían a contra viento.

El cielo parecía pintado. Algunas nubes pomposas saludaban a mi mirada pero nunca entorpecían el paso del ardiente sol.

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Respiré hondo y recordé que estaba viviendo (y no por inercia). Las sensaciones ante maravillosa vista fueron algo así como encontrar tu eje, tu equilibrio y tu propósito. Me sentí afortunada de estar viviendo esas experiencias en una tierra tan lejana que hasta los días y horas cambian. Una tierra donde, como suelen decirme en casa, “se vive el futuro”.

En mi ruta del descenso me topé con otro de los espacios elegidos por Peter Jackson en su primera entrega del Señor de los anillos, y entendí porqué. Un ambiente espectral rodea los caminos de tierra entre hojas secas y semillas de aquellos árboles gigantescos y tupidos. Me dejé llevar y ahí estaba “escondiéndome de orcos al dejar la comarca”. La montaña rusa de sensaciones es un efecto colateral al visitar Nueva Zelanda.

Lamentablemente no tengo la posibilidad de detener el tiempo y consecuentemente mis horas en Wellington se terminaban.

En un último tirón vuelvo a ese museo que me voló la cabeza. El Te Papa otra vez me sorprendía. Con mi cabeza de turista olvidé que me encontraba en uno de los días festivos más importantes de este país, el Anzac Day, donde nuevas actividades y exposiciones se abrían para el público en general y ahí estaba yo.

Gallipolis fue la primera batalla disputada por las tropas neozelandesas al mando de la corona británica durante la primera guerra mundial. En honor a esa fecha épica y su centenario, Weta y Te Papa presentaron una impecable exhibición que tuve el privilegio de ver. Entre relatos y artefactos que aluden a esos días difíciles para cientos de soldados, estatuas de cuatros metros reviven el sufrimiento y valentía de cada combatiente. El nivel de realismo llega al mundo de la perfección. La buena noticia es que aquellos que viajen a la ciudad del viento dentro de los próximos cuatros años podrán disfrutarla igual que yo.

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Después de una hora de recorrido y en una especie de viaje por el tiempo, me despedí definitivamente de este museo. Me alejé de la bahía y esas ganas de no soltar esta ciudad se apoderaron de mi. Un clásico faltaba tildar en mi lista, el CableCar.

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Ubicado en pleno centro, este atractivo medio de transporte es usado por los kiwis para evadir las alturas entre un punto y otro. Yo, como muchos turistas, para ver desde arriba como crece esta ciudad y fotografiarla sin parar.

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Después de subir 120 metros y cruzar, literalmente, la ciudad entera, la vista es cautivante.

En 360 grados, Wellington te abraza y el viento, con ráfagas desesperadas, dice presente para que no olvides más esta característica urbe. Al menos en mí, causo efecto.

Ayelen Barrale

Periodista buscando su lugar en el mundo. Cordobesa de nacimiento, trotamundos por adopción. Coleccionista de cuadernos de viaje y obsesiva con los presupuestos para cada destino.